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Lili el loco

Jesús Becerra se llamaba y era conocido en todo León como el mejor zapatero remendón: “Famosas eran las costuras que hacía en los remiendos por su pequeña puntada que más parecía de máquina que hecha con “lezna”, hilo embreado, “sedales” y a mano” –Escribe don Timoteo Lozano en las “Estampas Leonesas” del Sol de León.
Desgraciadamente Chuy, a quien todos apodaban “Lili”, era alcohólico y el vicio le había “botado la canica”, convirtiéndolo en uno de los tres locos del pueblo –junto a Fray Merengue y don Catarino- que vivieron en aquellos últimos años del siglo XIX.
Los clientes lo abandonaron cuando comenzaron a recibir sus zapatos adornados con pequeños bordados de triángulos, soles y estrellas multicolores.
“Todas las tardes salía de paseo –continúa su relato don Timoteo-, visitando templos de preferencia, cuyas naves recorría una y otra vez sin otro objeto que reírse ante las imágenes mientras murmuraba frases ininteligibles. A su regreso, entre ocho y nueve de la noche, era obligado concurrente de cuanta cantina encontraba al paso para beber aguardiente y mezcal, de manera que al salir de la última su ebriedad era completa”.
Las peores crisis las sufría cuando había luna llena, y todo mundo lo sabía, así que al verlo venir o escuchar sus carcajadas mejor le daban la vuelta, pues “Lili” siempre traía una enorme llave en la mano que utilizaba para pelearse contra enemigos invisibles y que descalabró a más de un desafortunado cristiano.

Jesús Becerra se llamaba y era conocido en todo León como el mejor zapatero remendón.

Usaba pantalón ajustado tipo charro, botines de pico y tacón remetido, camisa blanca con cuello, pechera y puños almidonados, sombrero ancho de paja tipo “trigo” y sobre el hombro, cuidadosamente doblado, un zarape de Saltillo.
 
“Las constantes libaciones y los prolongados ayunos fueron agravando su demencia que por cierto duró largos años, de manera que las sangrientas agresiones reemplazaron al salivazo repugnante y la carcajada burlona acostumbrados con anterioridad, con quienes los miraban con curiosidad. Varias ocasiones fue perseguido por la policía sin que fuera posible atraparlo, pues de agilidad extraordinaria huía con la rapidez suficiente para adelantarse a sus perseguidores, viejos y cansados como casi todos los serenos de la época”. Se encerraba en su casa de la calle de Los Ángeles (hoy 20 de enero) y desde la azotea les gritaba que era muy influyente; amigo y compadre del mismísimo general don Porfirio Díaz y comenzaba a lanzarles pedradas hasta que aquellos se aburrían y se marchaban.
 
Una noche hizo enfurecer tanto a un gendarme, que se armó una batida de policías montados que entraron a la casa de “Lili” con todo y caballos, y a fuerza de macanazos lograron someterlo. Fue encerrado en el manicomio de la ciudad de Guanajuato.
 
“Meses después llegó la noticia de que un compañero de reclusión le había dado muerte en lucha feroz, durante la noche y ante la inexpresiva mirada de los asilados que celebraron el triunfo del vencedor con aplausos, silbidos y carcajadas” –Finaliza don Timoteo Lozano.
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